Una mujer fuerte que ha hecho historia por su entrega a los hermanos.

 

 

Una mujer que responde ¡sí! al Señor que la ha llamado para entregarle toda la vida en el servicio de caridad.

Responde con total disponibilidad de corazón, con alegría, y se aparta de todo aquello que no transparente el corazón misericordioso del Dios que ama al hombre y lo pone de pie.

Encuentra y sirve a Jesucristo en el hermano, en todo hermano, especialmente en los más pobres y necesitados, en aquellos que poco cuentan a los ojos de los hombres.

Ana María Janer ama al prójimo como una madre, le ama hasta la locura y el sacrificio de sí misma, siendo así que muchas veces este amor la lleva a arriesgar la propia vida. La dimensión maternal de la caridad será una característica que la acompañará toda su vida

Amar y Servir es su proyecto de vida. Amar y Servir es la fuerza que la sostiene e impulsa en el camino. Ana María ama y sirve a Jesús en los hermanos en momentos heroicos, pero también en la sencillez, en la humildad, en lo de cada día. Su corazón está dispuesto al encuentro de cualquier necesidad con libertad interior, con prontitud, con un amor vigilante y paciente.

Una mujer que confía en el amor de su Señor que le da cada día la gracia necesaria para ser fiel, para no anteponer nada a este llamado de entrega, para no decaer en el servicio a los hermanos. Su corazón está totalmente disponible para atender a Jesús en los demás.

En la vida de Ana María Janer podemos descubrir que su caridad no guarda ningún tipo de interés porque su servicio nace de un encuentro profundo con un Dios que la ama y desde esta fuente ella amará a su prójimo. El amor de la Madre Janer abraza a todos, incluso a aquellos que la hacen sufrir o no la comprenden.

 

 

Para Ana María no hay bandos, no hay clases, no hay distinción.

Todos entran en su corazón maternal, entran como entramos todos en el corazón de Dios. La universalidad es un rasgo de su amor, el servicio desinteresado a todos sin importar a quién.

 

 

 

                                                                                                                   

 


 

Ana María Janer: Brújula viviente hacia Dios